29 jul. 2017

volviendo al viejo blog

  Efecto Mortal

 “El hombre es el animal que cuenta”; lo dijo Abelardo Castillo y, entre otras tantas definiciones posibles de lo que puede ser el hombre, es la que yo elegí para mi vida. Y el hombre cuenta un cuento, porque su extensión, entre otras cosas, está más adecuada a la paciencia que puedan tener los demás,  y ésta, sabemos, ha de ser limitada.
Cualquier sensación, cualquier desasosiego, cualquier recuerdo fugaz, cualquier pérdida; toma enseguida para mí la forma de un posible cuento. Si crece, me veo en la urgencia de llenar los baches erosionados por el tiempo con mentiras, y en esas mentiras me veo tentado a buscar la belleza, belleza que muchas veces existió y que otras no tanto pero que yo siento que tendría que haber existido.
Siempre sé el final. Ahí nace para mí el cuento. Y sé que en la cadencia de las últimas palabras, quién lea, caerá dulcemente en la trampa que le he tejido. Trampa que como una tela de araña tiene que tener el equilibro perfecto de blandura y resistencia, la tensión exacta, el tono justo, la invisibilidad imprescindible de los puntos de apoyo y de costura. El lector, que pertenece a la misma especie animal que el narrador, tiene que recostarse cómplice en esa trampa, sabiendo lo que es, participando de lo que le espera, temiendo, en realidad, que no exista la araña o que la tela no resista. No es un suicida, es un buscador de eternidad, un cazador de emociones.
Para este juego de a dos, no se me ocurre más que pensar en un cuento. En mi caso El origen de la tristeza (novela) surgió como uno; pero se extendió y necesité tres puntos de apoyo muy visibles para llegar a un final, necesité estructurarla como tres cuentos largos; quizás por mi impericia, quizás porque hasta ese momento sólo había escrito cuentos, que son muy valorados por mi editora (sea dicho de paso ya que es verdad y que no es muy común en el mundo editorial) y que, gracias a ella, serán publicados en Julio de este año.

Sin embargo pienso que no es mejor un cuento que una novela por el simple hecho de ser más corto o por ocupar, dentro del corazón de los escritores argentinos (del mío también), un lugar de privilegio. Sí, es más conciso y por lo tanto más posible de contar. Sí es, para mí, el género ideal, ya que junto con las posibilidades de la narrativa guarda, todavía, encerrada en la raíz de su realidad unidireccional, el efecto mortal de un poema.